Con dos pasos y cara de prisa me enseñaste lo pequeño que es el mundo cuando caminamos en la dirección adecuada. Sentí escalofríos al verte, pero contemplar tu silueta sortear el frío con tu rebeca de lana me hizo entrar en calor. Olías como siempre y tu risa me llenó las pupilas con nuestro buen sabor de boca. Parecíamos una cuestión de segundos, un parpadeo, un paréntesis entre dos minutos en blanco, una última campanada en un entierro… y me dijiste que tener un instante juntos es tener todo el tiempo del mundo. Las mismas escaleras mecánicas que me alejaron de ti con pasos de plomo me catapultaron de vuelta al botón de tu escote de seda. Intercambiamos impresiones de una despedida porque la imprenta de las bienvenidas estaba cerrada; parecíamos dos versos de color azul cielo en el mercado negro de la tinta permanente. Nos quisimos perder la pista, sin embargo, el rastro que dejamos no es un mercadillo de sentimientos de segunda mano.