Bastó cerrar el libro y alzar la mirada para darme cuenta de que puede haber más poesía detrás de la barra de cualquier bar que en muchos libros. Tres de tus pasos fueron suficientes, entendí que las distancias imposibles son el resultado de las dudas que viven contigo y las indecisiones que habitan en mí.

Una de tus hojas en blanco tiene el mismo valor que los papiros de la vieja Alejandría; vale tanto lo inexpresable como la sabiduría. Tus incógnitas no dejan de dar vueltas en mi cabeza cuadrada porque estás hecha de curvas de la mente a los pies.

No puedo quererte en silencio, ya que tus besos son mi espada, tu sonrisa es mi escudo y tu suspiro… es mi grito de guerra. Tengo miedo a no poder cubrir la zanja de tu tierra de nadie con mis abrazos, a fallecer en tu olvido porque nadie encuentra mi cadáver, a ser otro más desaparecido en combate. No temes ser campo de batalla, no te asusta la sangre en tu bandera y fusilas a los que cantan retirada. Eres victoria y conquista, fuerza y razón. Yo debería desplegar mi poca sensatez y demasiada veteranía, abstenerme de alistarme en la soldadesca dispuesta a sacrificarse por un sueño que lleva tu nombre.

Pero de algo hay que morir.

Y el amor hace de todo… menos matar.