A veces me pregunto qué escondes en ese secreto que llamas “dolor” y en todas las batallas que libras sobre tu espalda.

De vez en cuando me gustaría tener tus pies para saber cómo pisar con firmeza sobre cielos movedizos.

También creo que tus manos son las que equilibran el vuelo de la esperanza cuando ésta, abatida por la resignación, reconquista el horizonte.

Si viera el mundo con tus ojos, entendería por qué algunas luces iluminan, mientras que otras, solo ciegan para ensombrecer nuestros caminos.

Me gusta escuchar a través de la melodía que desprende tu sonrisa porque, estando a punto de llorar, ensordece las lágrimas que mueren en mis partiduras.

No necesitas gritar para ahuyentar la fiera dominante en esta distancia que nos mantiene unidos; te basta con abrir la boca y separar los silencios (como si fueran mares) con el fin de acercar nuestras soledades mediante un soplido.

Cállame las dudas, susúrrame algo.