Conocí a un guerrero jubilado dueño de un ojo de cristal. Con él vio todos nuestros miedos. Y con el bueno… nos enseñó a ver las malas intenciones.

Bebí cervezas con una bala que se había perdido negociando unas horas complementarias. Su silbido nos dejó claro que los vacíos legales se llenan con dinero, con pan, o con una coma bien puesta.

Conspiré con un idealista que no es jardinero ni poeta, sin embargo, ayudó a plantar una flor en un vertedero.

Le robé tiempo a un padre de familia con el fin de convertir un mar de huérfanos en mareas de sonrisas alimentadas.

Fumé hachís con un presidente que firmó una declaración de guerra para combatir el sueldo mínimo permitido por ley. Sus palabras no nos hicieron ricos, pero el eco de las mismas nos sacó de pobres y nos trajeron una tregua.

Un jabalí me susurró que el árbol de la vida no estaba dando sus frutos. Se vistió de rojo y lo embistió… ahora todos los jabatos comen bellotas.

Dos enemigos íntimos se dieron la mano diciendo “todo o nada”. Y cuando la nada los recibió con los brazos abiertos cerraron los puños… y lo cambiaron todo.