Nunca desapareces sin dejar un halo de filosofía en el ambiente. Siempre vuelves para darle sentido a mis desastres y dejar mi ética arrinconada en alguno de tus abrazos.
Eres como el contrafuego encendido por los salvavidas de la soledad. Consumes mis malas hierbas, conviertes en humo mis defectos, quemas mis impurezas y fortaleces mis raíces. Contigo soy ceniza y semilla.
Me ahogas con una lágrima tuya, y eso que me bebí los siete mares. Naufragué en tu horizonte de sucesos porque volcar el resto de mis energías en ti es el camino más noble para emerger de nuevo. Eres arriba y abajo, abismal e infinita.
Recorres mis mundos observando los universos que me rodean y creces con el fin de transformarte en mi sol. Te sitúas en lo alto de mis firmamentos y naces como la primera estrella; pilar de mi creación.

En alguna constelación entre tú y yo nació un mundo nuevo… y le voy a poner tu nombre.