Somos los que nacimos con la mayor libertad y nos convertimos en los presos de nuestras necesidades artificiales. Cuando éramos niños no necesitábamos tarjetas de memoria, sin embargo, ahora, se nos olvidan cuatro dígitos y ya no nos acordamos de nadie. Nos educaron con mucha historia y filosofía, pero aun así elegimos caminos hoy que no querremos tomar mañana. Nos dijeron que somos iguales y libres ante la naturaleza, no obstante, insistimos en superficialidades queriendo parecer distintos. Nuestros abuelos dieron su sangre y trabajo para que fuéramos conscientes de nuestros derechos, y a nosotros nos amordazan y no damos ni la cara. Íbamos a ser el “futuro mejor”, pero nos alcanzó el pasado mientras discutimos qué hacer con nuestro presente. Nuestros hermanos no encuentran trabajo o no les dejan estudiar porque para la primero “las cosas están muy mal” y para lo segundo hay que presentar aval. Queremos a nuestras parejas con el “dónde yo te vea” y con corazones que no ven, pero sí sienten. Reciclamos relaciones humanas en lo que nuestro planeta se pudre envuelto en plásticos imperecederos y obsolencias programadas. No acudimos a las urnas porque hemos perdido todas las papeletas ante la corrupción y porque han convertido nuestro porvenir en un negocio de vidas desahuciadas. Descubrimos el mundo a través de pantallas que se miden en pulgadas porque a muchos abrir la ventana y salir volando les da miedo. Somos los que nacimos con alas en la espalda, sin embargo, la libertad… nos da vértigo.