Un día como ningún otro, la justicia, le pidió a un nihilista que fuera a buscarla a la guerra. Y él fue. Ya que en tierra de nadie, los ideales e idealistas, se olvidaron de ella.

En una noche que parecía un día interminable, una mujer enamorada de la vida, derramó la sangre de todos sus seres queridos. Era huérfana y viuda. Los gemelos que estaba esperando… por fin habían nacido.

En la fiesta de los infelices, la pobreza, se emborrachó de alegría para desenmascarar las intenciones de las lágrimas e ilusiones perdidas. Así, la realidad, no parecía más que una resaca de mentiras.

Los poetas libres se reunieron alrededor de una hoguera con el fin de quemar toda la tinta que habían derramado sus silencios porque, después de romper todos los moldes, fueron presos de la Luna y del Sol, de la vida y del desamor, de la muerte y… de la repetición.

Faltaban dos horas para que se acabase el mundo y nunca se habían besado antes. A dos horas de la hecatombe, el odio los transformó en amantes. 120 minutos que fueron mucho más que 7200 instantes.  Dos horas para el fin del mundo… pero con toda la vida por delante.