Podría haber sucedido en una dimensión paralela, pero le había tocado a la suya… Los árboles adoptaron el color de la tristeza, los riachuelos se tiñeron del color de la tragedia, las aves callaron y dieron paso a los lamentos. Los pétalos se ahogaron en charcos de sangre para que la primavera se marchitase al son del himno del juicio final.

La cuenta atrás hubiera cesado cualquier otro día, sin embargo el segundero decidió parar en aquella esquina abandonada por el tiempo. Y la verdad, con encender el televisor hubiese sido suficiente para saber lo que estaba ocurriendo… pero esta vez, la verdad los alcanzó al mirar a través de la ventana.

-Papá ¿has visto eso?

-Sí, Sarah… No tengas miedo. Corre y avisa a tu madre. Dile que nos tenemos que ir, ella sabe lo que tiene que hacer.

Y tanto que Ruth sabía lo que tenía que hacer. De tanto practicarlo a oscuras (para que nadie la viera), podría haberlo hecho a ciegas. Sin embargo la realidad tiene más peso que un simulacro. Y el pánico, los gritos y las miradas desoladas tampoco entienden de entrenamientos…. los nervios, el miedo y la inseguridad hicieron acto de presencia. Así que más que una maniobra llevada a cabo a la perfección, recoger lo esencial parecía una estampida ensayada. Sin embargo se supo controlar. En menos de una media hora que, se hizo eterna, consiguió recoger abrigo, antibióticos, agua para tres días, agujas, hilo, vendas, comida envasada al vacío, leche en polvo y mucho, mucho valor.

Isaac se había metido en el garaje para ir a buscar su maletín de médico y su arma de fuego. Albergaba la esperanza de no tener que usarla, pero ese sentimiento se iba convirtiendo cada vez más en una desilusión mezclada con miedo, y con la duda de si sería capaz de quitar una vida después de pasarse la mitad de la suya intentando salvarlas. Los dedos le temblaban tanto, que tardó cerca de diez minutos en llenar el cargador de su 9mm. Se le resbalaban las balas por culpa de sus manos sudorosas y le bastaba tener prisa para volverse un manazas de armas tomar, así que apenas le quedó tiempo para llevarse todos lo mapas que quería, y que les podrían hacer falta.

Eran una familia de la clase media acomodada. Serían de los afortunados con medios para poder salir de ese ojo de huracán que se les estaba acercando en forma de milicia armada. Isaac había terminado sus estudios de medicina años atrás y se casó con Ruth, que trabajaba en una farmacia cerca de la facultad. Les unía algo más que recetas, pastillas, caricias y besos. Ese algo se llama Sarah, y nació en el segundo año de su relación, siendo uno de los bebés más esperados y deseados. Desde entonces llevaban nueve años dándole todo el amor que podían, o que sabían dar. Formaban una familia judía preciosa. No eran muy creyentes, y nada practicantes. Sin embargo estaban orgullosos de pertenecer a un pueblo tan antiguo y superviviente. Isaac disfrutaba contándole a Sarah las historias del abuelo… Aquél que salió vivo de milagro del campo de Mauthausen, y que trajo la semilla de la familia a este pueblo Oriente Próximo.

Menos mal que había fallecido hace unos pocos años. Así se ahorraría volver a vivir las mismas persecuciones y fugas, la misma muerte indiscriminada y gratuita, los mismos insultos y juicios relámpago que sellaban destinos segando vidas. Había cambiado el paisaje, el idioma acusador, el color de piel de algunos de los jueces y verdugos. Habían pasado muchos años, pero no se puede decir que era otra época, porque los humanos… no cambiarán nunca.


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