Era un perfecto animal. Para ser un humano había pocas cosas que le hacían parecerlo. No sabía comerse un pollo sin parecer un cerdo, ni era capaz de andar sin arrastrarse como una serpiente. Tampoco podía hablar sin terminar ladrando como un perro. Es curioso, porque hablaba varios idiomas, sin embargo no conseguía moderar el tono de voz en ninguno de ellos. Lo cierto es que tampoco le preocupaba mucho, porque siempre le acompañaba la sensación de que la gente tampoco hacía mucho esfuerzo por entenderlo. Cuando llegaba de trabajar, ingería cantidades inhumanas de alcohol para poder dormir.
Nunca se acordaba de sus sueños, así que se bebía un mar para eclipsar la laguna que habría en su memoria después de dormir sus seis horas. Solo seis, más no… ya se le escapaba demasiada vida entre los dedos como para seguir perdiendo tiempo durmiendo, y encima no recordar nada. No comprendía que el hecho de beber le provocaba ese espacio en blanco en sus horas más oscuras, y era capaz de fumarse dos cajetillas de tabaco en sus días libres, en los cuales no solo bebía alcohol antes de dormir. De hecho nunca fue amigo de la sobriedad, así que le declaraba la guerra siempre que podía. Incluso para enfrentarse a si mismo se evadía de la realidad.

Se buscaba la muerte lentamente, inventándose un mundo de mentira, a la espera de que lo encontraran muerto después de haberse follado a una verdad poco vestida, con prisa, y de previo pago.

Encontró parte de lo que buscaba mucho antes de lo que él se esperaba.

Las mentiras fueron más rápidas que sus ganas de inventar, la espera terminó siendo una diana en el pecho, y la verdad terminó follándoselo a él… muy despacito, completamente gratis, vestida de novia y diciendo que era por amor.

Pero la muerte no la encontró.

Y nunca se sintió mejor.


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