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El Sol estaba a punto de ponerse rojizo por culpa de la tarde… Raziel había ingerido demasiado alcohol para ser tan temprano. Tenía los ojos desorbitados y el pulso acelerado después de haber compartido con su mejor amigo medio gramo de anfetaminas. Llevaba demasiado tiempo siendo presa de los celos que sentía hacia su amigo por culpa del deseo que despertaba en él la mujer de éste. Habían quedado para salir los tres a tomar una copas y a rellenar los silencios de la noche con sus carcajadas como solían hacer cada vez que el tiempo les dejaba coincidir. Pero esta vez el depósito del coche estaba cargado de gasolina, la sangre chorreaba de su narices y el maletero iba repleto de armas… Hoy no habría una mano que le impidiera a la ira cruzar la línea roja de la sinrazón, no habría una voz reconciliadora entre el amor y el odio, ni habría una bandera blanca ejerciendo de balanza entre la amistad de toda la vida y la traición a muerte. Y por supuesto que no estaba planeado, sólo que los agujeros negros se alinearon con la envidia para formar una constelación llena de odio e ingerir todo lo bueno que podría albergar un ser humano. Raziel estaría justo en medio y su mejor amigo estaría en el lugar más esperado en el momento menos preciso: Entre el ocaso de la piedad y el amanecer de un asesinato… Entre la orilla del perdón y el cauce de un río teñido de sangre.
Todavía no había oscurecido y las estrellas ya se estaban lamentando;

Sabían que por la noche el cielo tendría que abrir sus puertas;

Y el infierno también.

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