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Uriel nunca se molestaba en pedir perdón, la vida no estaba para sensiblerías póstumas y arrepentimientos inducidos por la insensatez de los que le rodeaban…O así lo veía él.

Él pensaba que nunca tenía la culpa de nada, pero era el traidor que tampoco avisaba. Y su lista de amigos cada vez más reducida podía dar testimonio de ello. En su autoestima sobrevalorada no cabía la idea de que sus amigos se tomaran a mal el hecho de que de vez en cuando se acostara con sus mujeres. En defensa de Uriel hay que decir que él siempre los invitaba a ellos para sus fiestas, sin embargo aparecían sus esposas o novias (es que ellos siempre tenían que trabajar) y no parecían estar lo suficientemente felices como para impedirle meterse entre sus piernas sin dejar rastro. En defensa de ellas hay que tener en cuenta que se buscaron hombres que les rellenaban el cuerpo, pero Uriel era como Rasputín… Le bastaba una mirada sostenida y una serie de palabras cargadas de vicio mezcladas con misterio para meterse en su cerebro y conseguir que perdieran algo más que la vergüenza. Le gustaba robar en castillos de naipes… Y derribaba los muros con el as que se guardaba en la manga.

Para Uriel era una manera de vengarse… De si mismo, de su adolescencia frustrada, de su cobardía por construir algo por su cuenta, de las carcajadas de sus amigos cuando apenas tenían diecisiete años y todos eran guapos menos él, de su propia incapacidad de perdonar sin poder olvidar.

Sin embargo llegó un momento en el que no había defensa que valía, llegó un punto en el que el perdón no le ofreció ninguna tregua y se quedó a solas consigo mismo; con su conciencia tranquila, pero el alma en pie de guerra, con el sueño ligero y las pesadillas invadiendo cada una de las pocas trincheras que quedaban intactas en las insuficientes horas de sueño que conseguía arrebatarle al amanecer…  Así que hizo lo que mejor supo hacer: inflarse el pecho de autoestima e inocencia para atragantarse y morir incontables años más tarde abrazado a una farola completamente borracho y abierto en canal. Los proxenetas también llevan ases en la manga…

Pero más afilados que su orgullosa lengua;

Y la soberbia no le cubrió la espalda.

 

 

 

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