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Como cada día se hizo de noche, y como todas las noches salieron a cazar las luces que escupían esas máquinas tan bonitas y relucientes, tan llenas de sonidos agradables y que rebosaban esas melodías que les resultaban familiares… Salían a comprar esa carta milagrosa que les hacía sentir inteligentes ignorando que la suerte ya estaba echada. Querían atrapar ese número par o impar con una mirada certera, pero hipnotizada por la trayectoria de una bola de marfil.
Se acuerdan de la primera vez que se echaron a la calle para terminar entrando allí para encontrar la suerte, pero se olvidaron de la serie de consejos que les había dado aquel mercenario de la fortuna antes de entrar (Aquel que solo avisa una vez, aquel que si le dejas te quita todo lo que tienes, aquel que parece buena persona por su sonrisa acogedora, aquel que al volver a verte en sus dominios se aprovecha de tu buena fe para ganarse el pan)…

Llegaron los tres de siempre, a la hora de todas las noches, con las mismas caras de todos los días, con las mismas sonrisas fingidas que no conseguían camuflar todo el derroche y la derrota de la noche anterior infligida por el alcohol, las luces, las prostitutas y la avaricia. Se miraron entre ellos convencidos de que ésta sería la noche en la que todo cambiaría (o en la que todo volvería a la normalidad), se escrutinaron y en los ojos del otro vieron todo lo que habían perdido, y también vieron todo lo que querían recuperar… Cosas que iban de la mano, pero con destinos diferentes. Cosas que abandonaron de día, y que la noche y la falta de autocontrol les arrebató. Se acordaron de mujeres inteligentes y guapas… Las primeras son las que los abandonaron, las segundas todavía no porque son de esas que tienen precio. Algún que otro amigo y conocido también se sumó al desfile de la memoria… Los primeros dejaron de ser amigos por cuestiones de dinero, los segundos nunca lo fueron por el mismo motivo. Vieron todo eso… Y se sonrieron, estaban todos en el mismo barco. En ese momento no quisieron acordarse de las deudas que arrastraba cada uno….
Ni del prestamista que los andaba buscando y que acababa de entrar por la puerta acompañado de su recaudador.

De saber que coincidirían con él no habrían quedado para esa noche, ni se habrían puesto guapos. De saberlo se habrían levantado de la cama… y estarían buscando un notario para redactar sus testamentos. Llevaban demasiado tiempo huyendo de él, del riesgo que suponía saltarse los plazos de pago. Ya no tenían excusas que les podrían servir para ganar algo más de tiempo, pero eso no lo sabían todavía. Cuando lo vieron pensaron realmente que sus lenguas afiladas serían las herramientas que les proporcionarían algo más de tiempo, más días de vida… pero la ruleta había dejado de girar, el croupier ya no tiraba más cartas, y las máquinas dejaron hacer ruidos y de brillar. Había llegado la hora de pagar.
Y el prestamista… ya no quería su dinero.

No ocurrió en un sótano, ni en un cuarto oscuro, ni en ningún descampado de las afueras… Ocurrió en el callejón más abandonado y sucio que ofrecían las calles de la ciudad. Estaba poblado de contenedores de basura que no daban abasto, ruidos de roedores bien nutridos y las farolas funcionaban intermitentemente, lo cual le daba un aire surrealista a toda la violencia que se estaba desarrollando en ese rincón dejado de Dios. Cada apagón de las farolas coincidía con el movimiento descendente de aquella mano que blandía una barra de hierro contra los cráneos, costillas y rodillas de aquellos tres desafortunados y sobre todo… Ingenuos. Dejaron de moverse después de la segunda oleada de golpes, en ningún momento pidieron clemencia. Eran ingenuos, pero también orgullosos… De todas formas habría sido inútil, ya lo habían perdido todo, así que se lo podían permitir.

A la noche siguiente aquel mercenario estaba en la puerta de entrada y no los echó de menos. Él estaba en su sitio como siempre que la oscuridad se adueñaba del día. No se percató de su ausencia porque siempre aparecían rostros nuevos…

El tiempo, el prestamista y la publicidad se ocupaban de reponer filas.