-Déjalo suelto unos días más, si lo tenemos en bandeja… Está arrinconado y sin refuerzo. Un par de noches y lo tendremos a tiro.

-Te equivocas. Tenemos que ahorcar el corsario ahora, no podemos darle margen de maniobra… Dicen que ha visto un barco parecido al suyo, dicen que una sirena le susurró un beso, dicen que ha visto tierra prometida, dicen… Que está esperando a que nos quedemos dormidos. Así que matémoslo ahora.

-Sólo son historias, no hay más que verlo… Es una calavera andante, un gato en la isla del perro. No tenemos que mover un dedo… Dale tiempo.

-Tienes razón… Pero haré que lo vigilen igualmente. Lo he visto resurgir demasiadas veces… Lo he visto por las noches rodeado de buitres tirándole besos a la Luna, lo he visto estirar su voz hasta el horizonte a la hora del ocaso para susurrar cosas al oído del Sol… Y maldita sea, sigue vivo. Pero como dices tú… Sólo son historias.

-¿Porqué quieres matarlo? Parece que sientes admiración por él. ¿Quieres un mártir?

-No porque quiera un mártir… Porque ya está bien de historias.

-Ya… ¿Sabes? Ayer me contaron una a mi. Dicen que lo conoces… ¿No será algo personal?

-¿Que te han contado?

-Que él… Te quiere. Que todas esas “historias” no son más que el eco de tus silencios; Que después de cada travesía regresa a ti para que lo lleves a buen puerto; Que él recorre el mundo para volver con historias que contarte; Que él… Está perdido por no encontrarte.

– (…)


Y una vez más se hizo el silencio… Murió ahorcado dos días más tarde a las siete y media de la mañana.

El Sol le hizo elevar la mirada hacia el cielo.

Y la Luna al bajar…

Le partió la nuca.