Se despertó sola, algo aturdida… Le pesaba todo el ajetreo mental de la noche anterior. No salió de fiesta a emborracharse, tampoco tuvo que trabajar… Simplemente no podía quitarse de la cabeza las cartas que llevaba recibiendo desde hace varios días de aquel desconocido, no sabía qué hacer con ellas. Dudaba si convertirlas en realidad o dejar que se perdieran en la infinidad su olvido…

Salió de la cama e hizo café… Soluble, porque recién levantada le da pereza preparar la cafetera. Después del primer trago pensó que al fin o al cabo tampoco era tan desconocido (él le había confesado infinidad de secretos íntimos suyos). Se dio una ducha de más de media hora (hay cosas que no se van por mucho que uno se empape) y cuando salió se secó y se hizo una trenza. Era lo más cómodo para lo que tocaba hacer hoy… El pelo suelto siempre le molesta cuando hace lo que más le gusta. Además, hoy tocaba recuperar el tiempo perdido de anoche.

Salió de su casa y se sentó en el banco del parque donde se sienta dos o tres veces a la semana, pero sin rutina, va cuando le viene en gana… Recordó el último hombre que se le acercó hace tres días para buscar un ligue eterno o un polvo rápido (todavía no lo tiene muy claro) y se le escapó una sonrisa. Recordó su mirada antes de que sus ojos se quedaran en blanco, recordó el último calor de su piel antes de volverse helada, recordó su cara antes de que se quedara completamente rígida…

Sonrió de nuevo al recordar su mano izquierda apuñalando el pecho de aquel hombre mientras le hacía el amor, sonrió al recordar su mano derecha apretando su nuez de Adán para privarle de su última respiración.

Aquel hombre no era más que otro incauto que había caído en sus manos en aquel parque para no volver jamás… Y no fue el primero.

Y no sería el último.

Se quedó un rato más sentada en aquel banco y se acordó de ese semidesconocido… Hoy le respondería.

Para él ya era demasiado tarde.

Porque ella había tomado una decisión…

Para él ya era demasiado tarde.

Porque ella…

Acababa de entrar en calor.