Él se despierta al mediodía, se tiene que tomar la cafetera entera para quitarse la noche de encima… Está en la primera mitad de la treintena y se siente desarraigado de su familia. Pero tiene una hija, su única alegría…
Sin embargo está algo cansado de la vida, le duelen los pies de tener que irse lejos para encontrar un abrazo, de tener que coger aviones y barcos para sentirse deseado.
Después de tomar café le gusta escribir, pero sin normas. Él no escribe pensando que hay un reglamento que cumplir, él no piensa en sonetos ni en cuartetos… Él compone sus rimas para hacer sentir.
Sus libretas están llenas de musas que no le han querido, de poemas que tendría que haber borrado… Pero no ha podido.
Todos los días escribe algo nuevo, se inventa alguna coma seguida de unos puntos suspensivos (nadie los entiende, pero para él tienen muchísimo sentido).
Por las noches le llama el deber, se viste de negro y acude a una sala llena de soledades camufladas… Una sala llena de hombres adinerados sin mujeres y mujeres casadas que se sienten abandonadas.
Todas las noches asiste al espectáculo de la fortuna, donde los únicos afortunados son aquellos que no tienen suerte ninguna.
Noche tras noche supera las derrotas amorosas tirando números vacíos, haciendo magia transformando un dieciséis en veintiuno y sonriendo al perdedor por no mandarlo a tomar por culo…

Cuando llega a casa se acuerda de la charla fortuita que tuvo con un editor, el que le dijo que no hacía falta ganarse la vida escribiendo para ser escritor…

Cuando llega a casa se toma dos cervezas, se lía un cigarro y se acuerda de la Luna.

Cuando llega a casa…

Se acuerda del amor.