No debiste desnudarme así de poco a poco, sílaba a sílaba, entre la curiosidad y la acusación…

No tendrías que haberme preguntado nada del pasado, ni susurrado al oído para arrancarme una confesión.

Yo era inamovible, yo era de acero, yo me reservaba el derecho de admisión…

Yo era el fantasma de mi ópera, yo era un bastión.

Pero cavaste un túnel, Roma ardió…

Y tú cantabas mientras sus voces se consumían en el fuego del adiós…

Ahora soy una marioneta a tu merced, colgado de un hilo…

Y no sé pedir perdón.