Volví a verla y se me nublaron los sentidos, se apoderó de mi cierto mareo, cierto vértigo familiar. Sentí ese desequilibrio conocido, esa sensación que hay entre el placer y el peligro. Su nombre volvió a brotar de mis pulmones para sosegarme la mirada y la respiración, el sabor de sus mejillas me ardió dulcemente en los labios y me ardió la sangre. Sentí cada uno de mis huesos, cada tramo de mi piel, cada articulación, sentí el eco de mis pulmones, cada latido de mi corazón. Volví a verla…

Y ha sido como drogarme después de un tiempo de abstención.